Naufragio

Una voz se encarna en mis oídos de madrugada. Una voz que me tranquiliza, me sosiega, me calma. Esa voz.

Sudo, chillo, gimo. Tengo miedo, me ahogo. Todo el mar en mi garganta y su sal en mi nariz. El vacío de mi estómago y luego todo cae desde mí. A mi lado no hay nada más. Angustia. La oscuridad me oprime, sobre los párpados sobre el pecho. Quiero aire y trago nada. Quiero luz y veo el peso de la soledad que me hunde y me acompleja. Intento salir a la superficie. Otro golpe de mar me arrastra. De nuevo agua, sal, oscuridad, zozobra, nada, miedo, ahogo, pena, vacío. Caigo y no puedo abrir la boca. Y de nuevo nada. Ahogo, miedo. El viento en la cara y el vacío en los pulmones. Me asfixio. Quiero salir necesito aire, aunque lo tengo todo.

La voz.

Me envuelve, me llama por mi nombre. “¿Qué te pasa?” Ya nada. Estás aquí. Y lloro. Lloro a la voz. Mi clavo y mi tabla. Esa voz ilumina y libera la presión de mi garganta y de mis ojos. Estás aquí. Por fin lloro, puedo llorar porque te tengo, te encontré donde siempre te tuve, donde siempre sabía que estarías.

Ducha

Una gota caía del alfeizar de la ventana. Por fin había dejado de llover. Llevaba lloviendo varias semanas. Mañanas grises, tardes grises, días negros. Le costaba levantarse de la cama, pero lo primero que hacía era ducharse.

La ducha era su gran placer. Si existía algo por lo que fuese capaz de dejar la cama era por una buena ducha. Sentirse a gusto, lavarse los dientes y después ducharse. Con agua caliente, muy caliente. Pequeño, gran placer del que disfrutaba tanto que era incapaz de imaginar la vida sin él. Después de ducharse aún se regocijaba un rato mirando al vacío, a la nada, dejándose llevar por sus sentimientos, disfrutando de cómo el agua caliente se evaporaba sobre su piel, y cómo aún emanaba vapor, mientras que en algunas zonas ya comenzaba a sentir frío. Después de este pequeño placer, se permitía el lujo de secarse con la toalla y si podía, se volvía a acostar.

Un universo de pequeñas cosas que decoraban su día a día, que le mantenían ocupado para evitar pensar que fuera seguía lloviendo. En ese universo de pequeñas cosas, entre una nube y otra le esperaba ella.

Ponerse la ropa de invierno, el traje, el abrigo, la bufanda, el paraguas y a la calle. No había dejado de llover en toda la semana, pero ahora una última gota resbalaba por el cristal de su habitación y un rayo de sol filtraba las partículas de polvo que hacían parecer que el universo seguía en funcionamiento.

Después de tanto tiempo, estaba amaneciendo en su cuarto.

Una semana más y se hubiese rendido a la apatía y la desidia. Pero ya no tendría que hacerlo. El sol volvía a entrar por su ventana azul. Semanas (¿o eran meses?, quizá fueran años) mirando su reflejo hepático en el espejo del ascensor. Muchas madrugadas de hielo y alcohol, muchas noches de llanto y soledad. Ni luces segadoras, ni disparos de nieve. Agonía, desesperación, impotencia, rabia y llanto. No la tendría, ella nunca sería suya, a pesar de que lo había sido desde siempre.

Caminaba bajo la lluvia con el paraguas cerrado en la mano y de vez en cuando suspiraba, hacía de tripas corazón, mientras cerraba unos segundos sus ojos para pensar que ese mismo agua limpia y clara que ahora le mojaba la había tocado antes a ella, en algún momento, en algún otro lugar.

Dejó de mirar por la ventana y se dio cuenta que, por primera vez había decidido abrir los postigos y ver el paisaje que había al otro lado, sin la protección y la seguridad que le ofrecían los cristales. Ya no llovía, y quizá por eso se había sentado junto a la ventana viendo caer las últimas gotas de la tormenta.

Se giró y ella todavía estaba dormida. Sonrió y la grabó en su mente, durmiendo profundamente en su cama. Se acercó a ella lentamente. Quería recordar cada gesto, cada latido, cada movimiento acompasado de su pecho, cada sonido de su respiración. La acarició mientras seguía soñando con ella, recorriendo cada curva y cada recta de su cuerpo. El tacto de su piel, sus manos, sus muslos, su cintura, su cadera. La seda de su piel y de su ropa interior hacían que un escalofrío recorriese cada átomo de su cuerpo. Quería besar su suave cuello, su pecho, su ombligo. Recorrió su geografía corporal hasta que ella se despertó y correspondió la pasión de su mirada con besos, abrazos y caricias. Amándose profundamente, disfrutaron el uno del otro como nunca lo habían hecho, sin prisa, sin tiempo, sin aire, sin distancia, sin mundo. Sólo dos cuerpos y un alma en solo aliento. Se completaba todo lo que ambos eran, el espacio físico dejaba de existir para llevarles más allá, donde ya no necesitarían el universo de pequeñas cosas, porque serían un universo por si mismo. Y deseaba poseerla, para siempre. Vivir, dormir, soñar, todo en ella. Todo era ella. Ahora ya era suya, quería ser también todo de ella.

Él. Ella. Palabras, susurros, gemidos, caricias, besos atemporales. La naturaleza sigue su curso y no sirvió de nada echarse arena en los ojos. El tiempo no cura, las paredes no tapan. Si las cosas llegan a los centros, el pecho se pudre de aguantar, el sueño te llena la carne de mala hierba y alfileres de plata de las pequeñas cosas ponen la sangre negra.

Ella se levantó y se puso unos pantalones de él y una camiseta vieja que usaba para pintar en casa. Ella le llevó a la cama un zumo de naranja recién exprimido y volvió a salir del cuarto. Su cuarto. Él miraba al techo y sonreía sin imaginarse qué podría hacerle más feliz.Volvió a sonreír cuando oyó el sonido del agua de la ducha que empezaba a caer, mientras el viento le traía un mensaje en un susurro "¿Vienes?"

Blancanieves



No me iré, no dormiré, no respiraré, hasta que descanses a mi lado. Yaceré inerte sobre un lecho gélido de cristal y hojas secas. En un otoño eterno que anuncie el ocaso de mis días. Inerte, sola, destrozada, sin alma, sin cuerpo, sin mente, sin ti, …vacía. Mientras, una a una, irán cubriéndome de marrón y amarillo las que un día fueron verdes. Y no respiro, porque me duele. Porque no te tengo respirando a mi lado. Hasta que no descanses junto a mí. Y mi corazón no late, porque se ha olvidado del ritmo que debe marcar lejos de el que un día le marcara el tuyo a su lado. Y no sé lo que hago, funciono como una autómata sin sentido, como un saco de huesos abandonado a su suerte sumergido en su propia podredumbre. Y no podré esconderme, no me iré, no dormiré. No seré, ni estaré. Porque me faltas. Tú.

Sabe…

Escuché al viento soplando tu nombre. ¿No te llega el mío? ¿No notas que te estoy llamando? No puedo esconderme, no me iré. Seguiré aquí, esperando que un ligero impulso cálido ponga de nuevo en funcionamiento mis aurículas y ventrículos. Y que ese calor me haga sentirte de nuevo en mis manos, en mis piernas, en mis brazos, en mi nariz, en mis ojos, en mi boca, en mi pecho, en mi alma. Y mandaré al viento que te roce las mejillas y las manos y los labios. Que son míos, que siempre fueron míos, aunque tú no lo supieras. ¿Quién soy y adonde voy? Si hago lo que quiero y no me puedo esconder, entonces me mantendré inmóvil hasta que vuelva a saber de ti. Hasta que aceptes que te hicieron para mí. Que tu cuerpo encaja con el mío, que me hicieron para ti. Tú me completas. Porque tú eres yo y yo soy tú. Eres todo lo yo que nunca seré y seré todo lo tú que jamás te atreverías a ser. Y estaré por ti y viviré por ti, soñaré por ti, contigo, por pensar que estoy a tu lado, que caminas de mi mano. Porque eres la pieza que falta de mi puzzle.Me verán moverme pero seguiré esperando que vuelva la vida a mí. Hasta que vuelvas vida mía.

Las palabras me sobran

Las palabras me sobran
tu mirada me falta
necesito el silencio
de perderme en tu calma.

Ahogarme en tus ojos que
lentamente me matan
hondos y claros me hieren
dulces y sabios atrapan.

Y morirme si te miro
Y vivir aunque me faltas
Y perder en un suspiro
lo que yo jamás ganara.
En la cala de tus ojos
quiero despertar mañana.

Caída libre

Estaba cayendo y sentía que el viento helado la cuarteaba. A penas si se había dado cuenta de cuándo se había soltado, pero de repente ya no se sentía atada a lo que la aseguraba, a lo único que alguna vez había considerado como firme. De repente ya no estaba ligada a los convencionalismos que la rodeaban. El frío la despejaba y por primera vez sentía que tenía una finalidad, un destino. Tanto tiempo estancada, varada en el mismo sitio, atrancada en una posición cómoda, sin avance ni salida. Y de repente el viento silbaba, le empujaba. No había decidido que esto pasara así y le aterraba la idea de cambiar la comodidad de la que había disfrutado antes. No sabía qué era lo que le esperaba, pero fuese lo que fuese, el viaje estaba mereciendo la pena. Estaba viva.

Por primera vez sentía cómo las miradas se percataban de su presencia, cómo podía manejar sus propios movimientos. Podía sentir todas y cada una de las células que la componían, como un engranaje perfecto que encajaba para hacer posible su existencia, que le permitía notar el vértigo de la caída.

Por primera vez era plenamente consciente de la situación en que vivía, un vistazo general y era capaz de adivinar todo lo que la había rodeado y de lo que jamás había sido plenamente consciente.

Un pellizco, varios segundos sin aire, una ráfaga helada, un susto, placer, otra bocanada de aire, presión, mucha presión. Y llegó a su destino, disfrutando del camino.

La hoja llegó al suelo. Junto a miles de otras hojas que como ella habían dejado de ser útiles para el árbol y que habían limitado su verdad a planear desde la rama en un patético vuelo que le había dado sentido a su existencia. Un patético vuelo que había sido lo único auténtico que les había pasado nunca.