Agosto 1949

¡Ay, Federico García,
quién lo podía decir!
¡Ay, Federico García,
muera la Guardia Civil!
Lo que en otros no envidiaban
ya lo envidiaban en ti.
Un sepulcro como tu nombre
y una ciudad de raíz.
La sangre que se agolpa
quiere ahora hablar por ti.
Toda la pena de España,
todo este pus de raíz,
y más allá de mí mismo,
el pueblo que grita en ti:
¡Ay, Federico García,
muera la Guardia Civil!

Inédito de Gabriel Celaya
Se publica ahora, gracias a una investigación de historiadores de la Universidad de Granada.

Cerca del Genil

Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí...

"Puñales de plata golpean la ventana y ensoñaciones de nácar iluminan mis retinas. Repican las campanas tocando a difunto. Doblan, una, dos y mil veces. Ni mujer, ni hombre, ni cura, ni papa. Se ha muerto el cielo y mañana lo entierran.

- No llores, que lo cambias todo. Borras las huellas de todo lo bonito y lo feo que existía, y haces camino para que todo se vaya por el retrete.
- Es que no puedo más, te juro que no puedo más. El agua huele a calle que me llama a voces. ¿No lo escuchas?
- Vete a la cama, que es muy tarde. Mañana será DIFERENTE.
- Claro que será diferente, porque estará muerto.

Rejones que también se clavan en mi alma. Sigue sangrando y si hay algún resuello es para coger aire y quejarse con más fuerza. El sofá tiembla, el suelo se mueve bajo mis pies mientras se sigue agrietando, se abre hacia el núcleo.

- Está roto, ya no lo quiero.
- Se puede llevar a arreglar.
- No, quiero uno nuevo.
- Es más caro. Y éste está perfectamente.
- No.

Azabache, carbón, cuervo, ¿qué me miras? Luna verde, pelo verde, ojos negros del moreno. Galán de noche que conquista la noche cordobesa, encierro califal de patio enclaustrado. Arrástrame con el agua, borra mis huellas, borra la negra infinita, borra rejones, borra sus pozos. Patios anaranjados, atardeceres salados, noches amargas.

Benamejí, ¿con quién andas sin compaña y a estas horas?

Pena negra, pena de los ojos grandes, no abras el grifo de la sangre."

... voces de muerte sonaron, cerca del Guadalquivir.

Si mis manos pudieran...

Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.

Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!!

Federico García Lorca

Baladilla de los tres ríos

El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay, amor,
que se fue y no vino!

El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada
uno llanto y otro sangre.
¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

Para los barcos de vela,
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
sólo reman los suspiros.
¡Ay, amor,
que se fue y no vino!

Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Darro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!
¡Ay, amor,
que se fue y no vino!
Lleva azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares.
¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

Naufragio

Una voz se encarna en mis oídos de madrugada. Una voz que me tranquiliza, me sosiega, me calma. Esa voz.

Sudo, chillo, gimo. Tengo miedo, me ahogo. Todo el mar en mi garganta y su sal en mi nariz. El vacío de mi estómago y luego todo cae desde mí. A mi lado no hay nada más. Angustia. La oscuridad me oprime, sobre los párpados sobre el pecho. Quiero aire y trago nada. Quiero luz y veo el peso de la soledad que me hunde y me acompleja. Intento salir a la superficie. Otro golpe de mar me arrastra. De nuevo agua, sal, oscuridad, zozobra, nada, miedo, ahogo, pena, vacío. Caigo y no puedo abrir la boca. Y de nuevo nada. Ahogo, miedo. El viento en la cara y el vacío en los pulmones. Me asfixio. Quiero salir necesito aire, aunque lo tengo todo.

La voz.

Me envuelve, me llama por mi nombre. “¿Qué te pasa?” Ya nada. Estás aquí. Y lloro. Lloro a la voz. Mi clavo y mi tabla. Esa voz ilumina y libera la presión de mi garganta y de mis ojos. Estás aquí. Por fin lloro, puedo llorar porque te tengo, te encontré donde siempre te tuve, donde siempre sabía que estarías.